sábado, 9 de diciembre de 2006

El campo mostrativo del lenguaje

EL CAMPO MOSTRATIVO DEL LENGUAJE

UNA INTRODUCCIÓN AL COMPORTAMIENTO DE LOS PRONOMBRES[1]

Carlos Hipogrosso
LICCOM – Instituto de Lingüística FHCE – IPA

El estudio de los pronombres ha tenido desde siempre sus dificultades. La mayor ha sido considerar como pronombre aquello que es capaz de sustituir, sin discusión, a un nombre. Este concepto es por lo menos inexacto y no ha dejado de ser un obstáculo, en tanto preconcepto, a la hora del estudio gramatical.

En efecto, los pronombres personales de primera y segunda persona no pueden estar en lugar de ningún nombre. Basten estos ejemplos para comprobar esta afirmación:

a. Yo trabajo en la enseñanza pública.
b. Carlos trabaja en la enseñanza pública.
c. Tú has sido siempre un maestro preocupado por la realidad social de tu país.
d. Juan ha sido siempre un maestro preocupado por la realidad social de su país.

Como muestran los ejemplos de a, b, c y d, desde el punto de vista lingüístico parecería incorrecto afirmar que en a “yo” está en lugar de “Carlos” tal como aparece en b y que el “tú” de c pueda estar en lugar del “Juan” que es sujeto del enunciado d. En efecto, si esta correspondencia fuera exacta las desinencias verbales no variarían. Sin embargo, lo que se comprueba es lo contrario: los enunciados a y b no pueden considerarse equivalentes ni desde el punto de vista de las relaciones sintácticas ni desde el de el punto de vista del hablante. Mientras el primero muestra una concordancia del verbo con la primera persona, el segundo muestra una concordancia con la tercera; mientras en el primero el punto de vista del hablante expresa un juicio sobre sí mismo, en el segundo el punto de vista del hablante expresa un juicio sobre un tercero. Las mismas consideraciones se pueden hacer respecto de los enunciados c y d pero respecto de la segunda y la tercera persona.

Estos ejemplos intentan dar cuenta de que los pronombres no están siempre en lugar de un nombre. Es más, las relaciones sintácticas que establecen los pronombres personales de primera y de segunda persona del singular no pueden ser expresadas a través de ningún nombre. Estas relaciones del pronombre con el nombre se complejizan aún más cuando consideramos otro tipo de deícticos como los posesivos.

Sin embargo el pronombre es considerado desde siempre como una clase o tipo de palabra. Esta afirmación no está puesta en duda por el hecho de que no se pueda definir a esta clase como “aquella palabra capaz de sustituir a un nombre”. Es probable que dichos signos tengan un rasgo en común que haya hecho que los gramáticos de todos los tiempos les hayan consignado un estudio particular y específico.

Parecería ser que la teoría de Karl Bühler (Teoría del lenguaje) sobre el campo mostrativo y el campo simbólico del lenguaje daría cuenta de este rasgo que es común a todos los signos que se denominan “pronombres” o “signos pronominales”.

En este trabajo se intentará hacer una aproximación a dicha teoría para que, en próximas presentaciones se proponga, tomando en cuenta este sustento teórico, una descripción del funcionamiento de los pronombres del español.

Según Bühler, entre los signos lingüísticos hay algunos que funcionan como indicadores y pertenecen al campo mostrativo del lenguaje.

Esta función deíctica[2] del lenguaje no es únicamente privilegio de lo que la gramática reconoce tradicionalmente como pronombres. Una preposición como tras precisa también de un punto de referencia desde el cual se la pueda medir como pasa en la iglesia tras la casa del párroco, la misma "determina la posición de una cosa partiendo de otra".[3] (Bühler, K. 1950:176)

Lo mismo ocurre con las desinencias verbales que sirven para retomar en el discurso algo que se ha mencionado antes o señalar exofóricamente[4] a un participante o a alguien aludido en el acto comunicativo.

Los artículos, por su parte, cumplen con la misma propiedad por su parentesco diacrónico[5] con los pronombres. Un ejemplo de este comportamiento en los artículos lo podemos encontrar en estos enunciados:

· Juan no vino en auto. El suyo estaba sin nafta y el de sus padres se había roto ese mismo día.

En el segundo enunciado de este ejemplo, tanto el artículo “el” del sintagma “el suyo” como el de “el de sus padres” presentan problemas. Para algunos se encuentra elíptico el sustantivo “auto” (el auto suyo / el auto de sus padres). Sin embargo, para los que no les satisface la teoría de la elipsis, el artículo “el” se comporta como un pronombre que retoma anafóricamente el sustantivo “auto” como lo hacía su antecesor latino. Los análisis que estas dos interpretaciones generan son distintos. En el primer caso, el núcleo del grupo sintáctico nominal sigue siendo “auto” (aunque esté elíptico se recupera), mientras que en la segunda interpretación el núcleo del mismo es el artículo que, como un pronombre, retoma al sustantivo antecedente.


Campo mostrativo y campo simbólico

Para Bühler es necesario distinguir la deixis (mostración) de la denominación. Mientras la primera está en la base de lo que se ha identificado como el campo mostrativo del lenguaje, la segunda se identifica con el llamado campo simbólico; mientras la primera privilegia la capacidad indicativa del lenguaje (señalar algo del mundo o del discurso), la segunda tiene una función básicamente representativa. Se entiende como función representativa aquella que es puramente conceptual. Si tomamos el signo “casa”, el mismo no señala nada del mundo a no ser que se encuentre inserto en un acto de habla específico, o sea que se esté usando para señalar un individuo determinado de la realidad gracias al uso de un artículo o de un pronombre: la casa, esta casa, aquella casa.. Mientras dicho signo no sea actualizado en un uso particular de un locutor, simplemente representa conceptualmente a la clase, o sea al conjunto de individuos que tienen las propiedades comunes que entendemos están en el concepto “casa”.

Sin embargo, los "deícticos" son también signos. Aquí y allí, por ejemplo, 'designan' en tanto 'nombran' un dominio, un 'lugar geométrico'. Refieren un lugar en torno de quien habla. Otros signos, señala Bühler, manifiestan también esta característica: "la palabra hoy nombra de hecho el compendio de todos los días en que puede ser dicha, y la palabra yo todos los posibles emisores de mensajes humanos, y la palabra tú la clase de todos los receptores como tales." (ibid:151)

Pero existe una diferencia entre estos y los demás signos del lenguaje. Tal distinción radica en su capacidad indicativa o mostrativa que se manifiesta en todo hecho discursivo.


Tipos de deixis

Bühler reconoce distintas formas de presentarse esta mostración o deixis.

1- Se puede "mostrar" ad oculos, esto es, indicar por el lenguaje algo que esté presente en el campo perceptivo de los interlocutores (alguien que hace una autorreferencia con el pronombre yo siempre y cuando esté perceptible para el otro). Este tipo de mostración se ha definido en la nota 3 como exofórica. El caso de los pronombres (y de las desinencias verbales) de primera y segunda persona son siempre exofóricos porque señalan al hablante y al oyente en cualquier situación. No mantienen lazos cohesivos[6] dentro del discurso. Sin embargo puede encontrarse una excepción. Esta es el uso del estilo directo[7]. En el ejemplo: Juan preguntó: “¿yo tengo algo que ver?” , el nombre “Juan” establece un lazo cohesivo con “yo” a pesar de ser un pronombre en primera persona. Lo mismo pasa con la segunda persona en el uso del estilo directo.

2- Sin embargo, es posible también una mostración de lugares en el discurso. Las lenguas indoeuropeas recurren a las mismas palabras que para la demostratio ad oculos, "la referencia se realiza en conjunto con ayuda del mismo aparato de demostrativos." (ibid:196) Es decir, se utilizan los mismos pronombres tanto para señalar exofóricamente como endofóricamente (ver nota 3).

Se pueden usar anafóricamente los mismos "mostrativos" aún cuando lo dicho prescinda de la situación: "Con este y aquel (o aquí y allí, etc.) se remite a lo recién tratado en el discurso, con el que (aquel que) se anticipa lo que se va a tratar en seguida. Esto se llama desde antiguo anáfora." (ibid:195). (ver nota 3)

Esto supone que tanto emisor como receptor "tienen presente la fluencia del discurso como un todo" (ibid: 196), y que sus "partes se pueden retener y anticipar" (ibid:196). Los actores del discurso pueden recorrerlo del mismo modo que la mirada recorre ópticamente un objeto que se encuentra a su alcance, es decir, los elementos que establecen lazos en el discurso permiten retomar componentes del mismo sin tener que recurrir a la repetición (aunque a veces esta exista y tenga incluso una fuerza estilística). La anáfora es un mecanismo por el cual se retoma lo que ya se ha dicho mediante un recurso léxico o gramatical que permita la identificación de un referente ya mencionado en el discurso.

Por ejemplo, en Será competencia de la Dirección de cada establecimiento educacional, fijar para cada uno de los docentes de su instituto los grupos en los que debe dictar sus clases, según el número de horas semanales que se le haya asignado, el pronombre su retoma anafóricamente la Dirección de cada establecimiento educacional asignándole un rol de "poseedor" (en el sentido gramatical del término). Los pronombres sus y le remiten sin embargo al sintagma cada uno de los docentes retomándolo anafóricamente, el primero asignándole también ese carácter de poseedor y el segundo no.

3- Hay por último un tercer modo de mostración que se caracteriza como deixis en phantasma. Cuando un narrador quiere llevar al oyente o lector al mundo de lo ausente evocado o al reino de la fantasía lo hace también con el uso de "mostrativos".

Sin embargo, los recursos extralingüísticos (la situación propiamente dicha) de la demostratio ad oculos no existen en la mostración en fantasma: "El que es guiado en fantasma no puede seguir con la mirada la flecha de un brazo con el índice extendido por el hablante, para encontrar allí el algo; no puede utilizar la cualidad espacial de origen del sonido vocal para hallar el lugar de un hablante que dice aquí; tampoco oye en el lenguaje escrito el carácter de la voz de un hablante ausente, que dice yo. Y, sin embargo, le son ofrecidos esos y otros demostrativos, en rica multiplicidad, incluso en el relato intuitivo acerca de objetos ausentes y por narradores ausentes". (ibid:200)

Bühler pone el ejemplo de un relato en donde se hable, por ejemplo, de las márgenes derecha e izquierda del Rhin o del Sena; dichas indicaciones del narrador ocasionan a veces dificultades al lector cuando no se encuentran explicitados, a través de mostrativos adecuados, los presupuestos que tiene en mente quien organiza el discurso.

Indicaciones de dirección como delante, detrás, a la derecha, a la izquierda, deberán interpretarse respecto de un punto de referencia específico igual que en la situación perceptiva primaria (es decir, cuando estamos en la situación y no en el discurso) pero por medio de mecanismos lingüísticos que permitan que el destinatario sea ‘llevado’en el recorrido que el organizador del discurso intenta transmitir.

El destinatario podrá comprenderlas si logra ser traspuesto, es decir, si logra captar el punto de referencia desde el que parte el relato o la descripción. Esta operación es particularmente difícil en tanto el destinatario, en el texto escrito, es presupuesto, calculado por el destinador como un receptor ideal capaz de interpretar las señales lingüísticas que el constructor del discurso ha dejado en forma de huellas en el devenir de su discurso.

A la mostración en fantasma no le faltan los recursos mostrativos naturales en tanto que existen como trasposiciones. Estas constituyen un refinado juego que permite "mostrar" lingüísticamente en fantasma. Cuando el narrador señala El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río.[8], construye un aquí desde donde se ubica el yo para señalar un allí, lugar de un él (el río), alejado respecto de la perspectiva que propone como hablante. Es decir, el descriptor sólo puede operar con un “allí” respecto de un “aquí” desde el que habla y por tanto su “yo” se impone como un punto de referencia que el lector debe asumir para comprender cuál es el punto de vista que se le impone[9].

Estos tres tipos de mostración, que no constituyen únicamente un privilegio de los pronombres como lo muestran los adverbios aquí o allí, tendrían, según Bühler un elemento en común: "el dedo índice, el instrumento natural de la demostratio ad oculos, es sustituido por otros recursos indicativos; y se lo sustituye incluso al hablar de cosas presentes". (ibid:139) Estos son recursos lingüísticos que están disponibles para el hablante en el repertorio de su lengua. Son elementos claves en la cohesión textual.

Para Bühler son tres los "mostrativos" que manifiestan la condición de origen: aquí, ahora y yo. Este origen, o punto de referencia a partir del cual los mostrativos tienen sentido, se puede representar como el punto cero o punto “O” (inicial de origen) que es cruce de dos ejes axiales, origen de las coordenadas que establece el hablante en una locución específica, punto de partida desde el que se interpretan los "demostrativos".





O





Este sistema de coordenadas inaugura un escenario particular desplegado a partir de un punto de referencia. Por esto es frecuente en la narrativa que el cambio de hablante implique también un cambio de perspectiva donde los juegos entre los varios yoes, aquíes y ahoras se instauran como un desafío para el oyente o el lector.

Un "demostrativo" tiene una amplia capacidad referenciadora limitada únicamente en un acto concreto de referenciación. Cuando se dice “aquí” o “ella”, el campo conceptual de ese “aquí” y de ese “ella” es muy amplio y lo podríamos parafrasear como “cerca del hablante” en el primer caso y “aquella de la que se habla” en el segundo. Sin embargo, su capacidad referenciadora solo se hace evidente cuando son puestos en relación con un punto de referencia, un hablante que está en un “aquí” desde el cual habla y una realidad, persona o estado de cosas del cual habla.

Sin embargo es a partir de su capacidad mostrativa o deíctica y no de su capacidad referenciadora que se pueden empezar a entrever las características específicas de los pronombres.

BIBLIOGRAFÍA

ALARCOS, E. 1972 Estudios de gramática funcional del español Gredos. Madrid.

----------- 1994 Gramática de la Lengua Española Real Academia Española. Espasa Calpe. Madrid.

ALONSO, A. y P. HENRIQUEZ HUREÑA 1957 Gramática castellana Losada. Buenos Aires.

BARTHES, R. (1970) 1972. “Introducción al análisis estructural de los relatos” en El análisis estructural del relato Editorial Tiempo Contemporáneo S.R.L. Buenos Aires.

BEHARES, L. Y C. BROVETTO (comps) 1994 Lo oral y lo escrito en la sociedad uruguaya Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo.

BENVENISTE, E. (1966) 1979. Problemas de lingüística general I y II Siglo XXI, Buenos Aires.

BÜHLER, K. (1950) 1967. Teoría del lenguaje. Revista de Occidente. Madrid.

CATACH, N. 1996 Hacia una teoría de la lengua escrita Gedisa. Barcelona.

DE GREGORIO DE MAC, Ma. I. y Ma. C. REBOLA DE WELTI, 1992. Coherencia y cohesión en el texto, Plus Ultra, Buenos Aires.

DUCROT, O. Y T. TODOROV, (1972) 1974 Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje Siglo XXI. Buenos Aires.

DUCROT, O. (1984) 1986 El decir y lo dicho Paidós Comunicación. Barcelona.

ECO, U. (1965) 1988 Apocalípticos e integrados Lumen. Barcelona.


------------ (1968) 1978 La estructura ausente. Introducción a la semiótica Lumen. Barcelona.

-------------(1976) 1977 Tratado de Semiótica General Editorial Lumen. Barcelona.

------------- (1993) 1993 Lector in fabula Editorial Lumen. Barcelona.

FERNÁNDEZ, S 1951. Gramática española. Los sonidos, el nombre y el pronombre Manuales de la Revista de Occidente. Madrid.

GIVON, T. 1979 On understanding grammar Academic Press. New York.

HALLIDAY, M.A.K. y R. HASAN 1976 Cohesion in English Longman. Londres.

HAMON, Ph. 1991. Introducción al análisis descriptivo Edicial, Buenos Aires.


KRISTEVA, J. (1969) 1978 Semiótica Tomos I y II Editorial Fundamentos. Madrid.

OLSON, D. y N. TORRANCE 1995 Cultura escrita y oralidad Gedisa. Barcelona.

ONG, W. 1987 Oralidad y escritura. Fondo de Cultura Económica. México.

QUIROGA, H. 1966 Selección de cuentos Biblioteca Artigas. Colección de clásicos uruguayos. Montevideo.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 1973 Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española Espasa Calpe. Madrid.

SAUSSURE, F. DE (1916) 1987 Curso de Lingüística General. Edición Crítica de Tulio de Mauro. Ed. Alianza universitaria. (También: Ed. Losada. Buenos Aires. 1945).

VAN DIJK, Teun A. 1980 Estructuras y funciones del discurso Siglo XXI Editores. Madrid.

----------------- 1990 La noticia como discurso. Comprensión y producción de la información Paidós Comunicación/41. Barcelona.

----------------- 1992 (Segunda Reimpresión). La ciencia del texto Paidós comunicación/5. Barcelona.

----------------- 1993 (Cuarta Edición). Texto y contexto (Semántica y pragmática del discurso) Cátedra. Madrid.

[1] Revista de la Educación del Pueblo, Nº 89, marzo – abril 2003, Montevideo.
[2] O sea la capacidad de señalar algo. El campo mostrativo del lenguaje es el que tiene esta capacidad: a través de una palabra se señala o se muestra algo de la realidad o del propio discurso.
[3] Algunos gramáticos han hablado de “significado ocasional” entendiéndose como significado una referencia (capacidad que tiene el lenguaje de señalar algo del mundo) que solo es determinable contextualmente.
[4] Se habla de exófora cuando una palabra señala un elemento de la situación. Por ejemplo, si alguien dice a su interlocutor indicando cuál es la herramienta que precisa “alcanzame ésta y no aquella” y señala los objetos del mundo a los cuales se refiere, se dice que dicho señalamiento es exofórico. Por el contrario, se habla de endófora, cuando se retoma algo del discurso que ya se ha mencionado anteriormente. Esto se puede hacer en español con elementos deícticos como los pronombres y las desinencias verbales. En el ejemplo “Juan no ha podido venir hoy. Él se encontraba indispuesto”, tanto el pronombre “él” como la desinencia en tercera persona del singular del verbo “encontraba” retoman endofóricamente a “Juan”.
Los elementos endofóricos pueden ser catafóricos o anafóricos. Son catafóricos cuando la referencia del elemento pronominal se determina con una palabra que ocurre después en el discurso y son anafóricos cuando la referencia se encuentra antes en el discurso. Un ejemplo de este segundo caso es el ya citado de “Juan” retomado por el pronombre “él” y por la desinencia verbal. Un caso de referencia catafórica sería el que se describe a continuación. Supongamos que una novela empieza de la siguiente manera: “Ella estaba destrozada esa mañana del lunes. Alicia no estaba acostumbrada a beber y trasnochar los domingos”. Aquí el pronombre “ella” se desambigua a través del nombre “Alicia” del segundo enunciado, es decir, dicho pronombre señala hacia adelante.
[5] Se habla de “diacronía” cuando se considera el lenguaje a través del tiempo. Como los artículos del español provienen de pronombres del latín algunos gramáticos explican ciertos comportamientos de los primeros por su parentesco histórico con los segundos.
[6] La cohesión es una relación entre enunciados que permite dar cuenta de que los mismos constituyen un texto, es decir, un conjunto organizado que tiene textura y por tanto es interpretable.
[7] Se habla de estilo directo cuando la voz narrativa deja de contar y permite que la voz del ‘personaje’ se manifieste por sí misma. Tomando en cuenta que este es un fenómeno recurrente podemos afirmar que, en general, la mayoría de los textos son polifónicos (dejan percibir varias voces).
[8]Horacio Quiroga, Cuentos de amor, de locura y de muerte, "A la deriva".
[9] El cambio del punto de vista es un recurso muy conocido en la narración. De hecho el lector no puede conocer fehacientemente del mundo ficcional más allá de los datos que proporcionan las voces organizadoras del relato. El mundo del relato es un mundo de palabras que presentan un punto de vista escogido de antemano. Hay ciertos relatos que confían su eficacia al punto de vista escogido. Así por ejemplo la novela “Quién de nosotros” de Mario Benedetti presenta ‘los mismos acontecimientos’ a través de tres puntos de vista, el de la esposa, el del esposo y el del amante. Por supuesto, aunque los acontecimientos parezcan ser los mismos, la relación semántica entre los mismos y, por tanto el mundo representado, no lo son. En el relato de H. Quiroga considerado en este apartado, el final sorpresa conseguido por el narrador está en función del continuo cambio de punto de vista, una técnica que el escritor trabaja eficazmente para ‘engañar’ al lector.

No hay comentarios: